Que te vuelva a encontrar. Capítulo I.

ROZÓ EL TECLADO DEL ORDENADOR. En la pantalla, los caracteres aparecieron húmedos, vertiginosamente precisos: Pura técnica, puro conocimiento —Book Antigua en doce puntos— nada espiritual. Necesitaba más; para hacer perdurable en el papel impreso y en las conversaciones del Lector el inicio de su relato: Necesitaba más.

Tecleó y el rostro volvió a la pantalla: Sicodélica, sicalíptica, siempreviva, Ka bebía una cerveza. Una mancha de creyón rosa —en el borde de la copa— se destacaba nítidamente sobre la transparencia del cristal: La huella de los labios de Ka, advirtió el Autor, y antes de besarla bebió también un sorbo. Fue hasta la barra del pequeño bar y trajo nuevas cervezas; ella lo esperaba. Escribió el diálogo posible:

—La próxima vez será inevitable.

—¿La próxima vez?

—No ahora, no aquí. La próxima vez que te vuelva a encontrar.

Necesitaba más; por ejemplo, penetrar hasta el fondo de sus ojos grises: Recordaría, los años de universidad, la Residencia de Estudiantes, la adaptación a las nuevas circunstancias: Juventud, divino tesoro; recordaría: Todo, en un tiempo de bolero, un lento continuum verbal del espíritu latino (carnal, musical y nostálgico) donde también se mostrara el proceso, los abundantes arreglos consumados en el tiempo para mejor ajustarse a las transiciones de una edad que somete a crítica las partes, hasta cuestionar el fondo de ese irrecusable: Todo, que pronuncia en un susurro, sin alternativa, casi al borde, cuando teclea una mirada de antojo en sus benditos ojos grises y la ve llegar, sonreír, ofrecerse.

Abre otra ventana al aire del mar de invierno y percibe el misterio: La fuerza, que penetra cada vez más en la ciudad, se impregna en las calles, alcanza a la habitación en penumbras: Registra ese impulso vital, que sacude sus aletargadas neuronas, y en la densa frialdad del alba lo piensa, lo recrea, lo deconstruye, lo instala firmemente en sus ojos. Hasta que siente llegar el estremecimiento, el roce de sus dedos en el teclado, y las mismas manos de acariciarla dibujan: Trazo a trazo, sobre la página en blanco, el rostro fabulado de Ka: La alteración necesaria, el perfil definitivo del Personaje conque excita sus sentidos y vuelve a la pantalla del ordenador[1].

La besaría temblorosamente mientras miraba a través de la ventana un lumínico rojo que se destacaba en la noche: Revolución es construir. Entonces le diría que la había amado siempre y le diría más: Te amaré hasta el fin, o algo así: emocional, intenso, bíblico; y seguiría sintiendo lo que sentí, y vería su pelo desparramado en la almohada, y la sonrisa de ella, y los senos, y los ojos, abiertos pero cerrados, de los que le goteaba un brillo. Podía sentirlo[2], aquel era un buen cuento, aunque ficciones tan conmovedoras ya no se leyeran, no se vendieran, o no tuviesen un sólo signo del cotizado espíritu de época. Sería para ella el muchacho que encuentra a la muchacha, el ideal que la provincia exporta con gusto a la ciudad, un actor que sueña, un personaje más con un mundo distinto. Eso era, un personaje más. Podía pensarlo y podía escribirlo: En la pantalla, en el papel, en las paredes…

O podía mostrar, simplemente, los hechos: Dispersos, específicos, que durante estos años de duras transformaciones habían instalado a Ka en su vida: Mezclándolo todo, tal como lo encontraba en la memoria; y seguir así —épico y dramático, sin pausas ni énfasis—dándole el mismo valor a una cosa que a otra, atendiendo sólo a los ritmos incontrolables del recuerdo, hasta: Convertir la historia en mito, en caos, en relato[3]: estaba allí para contar la historia, el relato de esa historia vivida por muchos, y hacer que el relato hablase por él y fuera, desde la singularidad de su experiencia individual, una botella lanzada al mar de las otras experiencias del Lector.

Aunque tal como estaban las cosas sería mejor acomodar el argumento en un bar: Con aire cosmopolita, lucecitas tenues, efluvios de narcóticos, patrimonios en juego y beldades que se mueven por doquier: Ka en sitio discreto, con su vodka en jugo de naranjas a la mano, ella también a la espera de que caiga un rico mercader venido de lejanas tierras: Necesitaba dinero, y hay dinero en el mundo como vapor de agua en la atmósfera. Era un modo interesante y por demás ventajoso de presentar otra apariencia de las cosas, incluso podía resultar placentero: Entrar al salón, desenfundar su discurso de las armas y las letras, apreciar el frío de los años en los rostros mudados, mostrar su arte, sonreír cuando quería matar, hacer su personal pronóstico del nivel de humedad en la atmósfera, calcular intereses, riesgos, posibilidades y vender su producto al mejor postor: Hará correr el dinero[4], lo importante era saber desprenderse del calor humano, alcanzar la temperatura necesaria para que se condense sobre uno en gotas doradas que fluyan a tus arcas en continuos chorros, como los caracteres al teclado, y hacerlo fácil, con cierta elegancia, sin derramar nunca la copa, todo natural.

Amaba a Ka. Soñaba la sustancia sicodélica, sicalíptica, siempreviva de su alma escurridiza. Gozaba las diversas perspectivas de su cuerpo desnudo, reclinándose en la ventana abierta. Imaginaba sus movimientos de artista, sus poses de modelo en la pantalla del ordenador. Admiraba esa energía y ese estilo suyo: Tan peculiar, para sobrevivir sin traumas en el interior de un mundo despiadado, digital, uniforme. Le gustaba mucho. Así que haría lo que tuviese que hacer para fijar su presencia en la página en blanco, en las conversaciones del Lector, en los eventos de narrativa, y echaría a rodar de una vez sus benditos ojos grises por el mundo, hasta llevarlos a esas colecciones de novelas de altas tiradas que: Como pan caliente, se vendían en librerías del país y en otras latitudes.

Un amor, una vida que contar, dictó al teclado.

Ka era un personaje a la medida, un arquetipo o una excepción para: Pensar la realidad, imaginar escenarios posibles, salir los sábados, que la gente comentara: Es Ka, mírala bailar, un personaje contradictorio, intenso, doble; más duradero y mucho más palpable que la verdadera Ka: Inteligente, limpia, lindísima, que bailaba en la sala, le sonreía irónica, murmuraba provocativa: Escritorzuelo, y lo besaba a intervalos en la realidad brumosa del sábado.

Las ventanas abiertas durante la noche mostraban distintas versiones del relato:

la primera:

 

Una historia de amor sencilla, fácil, bien manipulada, que recordaba los teleplays de las tardes de domingo, con su discurso lineal, salpicado de anécdotas: Triviales, pero muy funcional en su inmediatez, y que quizá sirviera para eso: Entretener, enseñar algo, ayudar a pasar el tiempo;

 

la segunda:

 

Una historia de amor sin demasiadas complejidades técnicas y totalmente ajena a las disquisiciones conceptuales sobre el sexo de los ángeles —tan de moda entre sus colegas en un pasado todavía reciente—, pero que se atenía a las reglas de oro de las narrativas del nuevo siglo;

 

la tercera:

 

…una historia que el Autor escribe a mano —con una pluma de ganso adquirida, souvenir de dos rublos, en la Casa Museo Alexander Pushkin— robándole tiempo a la vida, fumando a ratos, bebiendo cualquier cosa: Solo.

Un relato que no quiere ser ni parecer literatura, sino: La historia de una entrega real, pues el Autor escribe para que el Personaje lo admire: miente, inventa, sueña su historia y la vive para que el Personaje lo admire, y nos obliga a entrar y permanecer en línea con su ordenador —en ese mundo de impulsos eléctricos imaginado por él de cabo a rabo— sólo para que el Personaje lo admire: Querido Lector, ella me amará si escribo una historia de amor que la conmueva, ayúdame a tocar su corazón.

La novela se construye en un escenario virtual —que se nos muestra casi como una secuencia de perplejidades— para situar el texto en…

 

Esa perplejidad frente a la pantalla vacía era una prueba de cuan involucrados estaban: el Autor en el suceso real y el suceso real en la escritura del relato. Movió el mouse sobre la superficie pulida y preguntándose cuánto de perdurable tendría esta Historia de Ka, abrió una nueva ventana. Necesitaba más: Acceder a su memoria, por ejemplo.

En el suceso real habían dicho:

—No voy a insistir.

—¿La próxima vez?

—Será inevitable. O dicho con un toque de vampirismo: la próxima vez que te vuelva a encontrar será inevitable que te muerda el cuello.

—Uyuyuy, qué miedo. Fue mi disfraz en el último baile de máscaras, perdí los colmillos y no recuerdo en que cuello los dejé. Uyuyuy, qué miedo.

Estaban en la puerta de la habitación, iba a entrar:

—Será una fiesta, una auténtica fiesta.

Iba a entrar:

—Ven adentro, ven ya.

Sí, iba a entrar:

—Una hora, y una auténtica fiesta.

Sí, bastaría:

—Una hora.

Tres mil seiscientos inagotables segundos en aquella habitación:

—Superconfortable.

Bastaría, sí. Iba a entrar, pero

rozó las mejillas de Ka,

y sostuvo su mano un instante cerca del rostro: Perfecto, largamente deseado. La movió por todo el cuello, sin prisa, absorbiendo paso a paso el perfume de la piel recién lavada, hasta encontrar el nacimiento del pelo: Caos incitante, sitio del desorden todavía húmedo. La besó en la frente y reiteró:

—La próxima vez será inevitable.

Se obligó a beber los restos de cerveza, directamente de la botella. La cerveza amarga y el humo del cigarro le devolvieron una frase abandonada en algún lugar del escritorio: Un byte de adolescencia, leyó. La frialdad de la máquina y la blancura insoportable del alba resbalaban en la pantalla. Tecleó, tal como llegaban las palabras, el inicio del relato:


[1] La formación del autor, su estilo y el ser humano que somos, le deben mucho al lector que fuimos antes: Agradecido como un perro. Entre afinidades, contradicciones y superaciones nos deslizamos hacia nuestra propia manera de construir el mundo. Y en una época signada por la interrelación, trasgresión o mutación de identidades, soportes y géneros (literarios o no) y de intertextualidades manifiestas, no podemos menos que rendir explícito homenaje a esos autores que nos influyeron y apreciamos de manera particular. Esa razón (para nosotros decisiva) hace que tecleemos con desenfado en la pantalla imágenes suyas y dejemos en nota al pie la amable petición de que abandones este libro si no has reconocido, al menos, tres de esas referencias intercaladas en el texto. O que asumas sin prejuicios una opción alternativa: Conectarte a Internet, y buscar las entradas del blog de la novela original, donde hallarás enlaces a varias páginas en que se muestran las obras artísticas decisivas en la formación de nuestra sensibilidad, y podrás disfrutar mejor los capítulos iniciales de esta historia, pero también algunos comentarios, dibujos animados, video clips y fotos con los mejores perfiles de Ka, tal como se veía en el suceso real, antes de que el Autor imaginara esa alteración necesaria, que excita sus sentidos hasta el estremecimiento y lo obliga a entrar noche a noche, a través de la pantalla de un ordenador, en ese otro mundo que abren los ojos grises de Ka.

[2] En No le digas que la quieres, Senel Paz, nos legó una historia de amor conmovedora: Antes y después, otros autores escribieron historias parecidas. Pero es la autenticidad de su mirada hacia los comportamientos, aspiraciones y conflictos de la juventud cubana de la época lo que nos identifica con David (en ese y otros cuentos escritos alrededor de 1980, que el Autor y el Lector siguieron con devoción de adolescentes) David sintetiza bien la evolución de una conflictividad individual y pública que alcanza en El lobo, el bosque y el hombre nuevo su punto de definición. Que esos cuentos nunca fueran reunidos en libro nos priva de una continuidad reveladora, apreciable en la saga construida a través de tres películas cuyos guiones pertenecen a Paz: Una novia para David, Adorables mentiras y Fresa y chocolate.

 

[3]  Las varias lecturas de Las iniciales de la tierra, de Jesús Díaz, nos sacudieron con su fuerza telúrica, al proponernos construir el relato heroico de una confrontación social formidable desde los conflictos de una entrega individual. Su protagonista, situado en los momentos decisivos del proceso revolucionario cubano hasta 1970, es lanzado a una feroz confluencia entre sus ambiciones personales y su participación en la Historia, que llega a expresarse como tragedia y rebasa la mirada sesgada del autor, pero estamos más interesados aquí en asumir la singularidad desnuda, ese punto que hace infinita la curvatura del espacio-tiempo sin rodearse jamás de un agujero negro.

[4] Los personajes habituales de la narrativa cubana a partir de 1990 son seres situados en algún tipo de marginalidad, vapuleados por la circunstancia o imponiéndose a ella, sumergidos en un submundo que se desentiende de los otros y los impele a sobrevivir a cualquier precio. La incertidumbre de lo real y la enormidad del desafío al que se enfrentan la sociedad y cada uno de sus ciudadanos se expresan en lo artístico a través de una mirada irreverente, dolorosa, sutil, éticamente explosiva, donde gana terreno el conflicto de un individuo que no se propone ser modélico ni representativo, sino escapar mediante la desviación de la norma pública, afirmando su éxito personal. Esa nueva conflictividad se plantea desde la ficción con subterfugios diversos, en un amplio comercio con tendencias prevalecientes en otras literaturas, muchas veces mediante una lógica mercadocéntrica: la obtención del dinero y los objetos que este permite acumular, pero también en ocasiones con ganancias significativas para la literatura como lenguaje. Livadia, de José Manuel Prieto, sintetiza bien el peso abrumador de la caída de un modelo y los extremos en la reconversión de valores característica de ese período.

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